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No te olvides de visitar la Guía de Combate que proporciona el foro, ahí está todo muy bien detallado y es una guía bastante completa. En Shinobi's Justice utilizamos un sistema de combate de rol interpretativo donde empleamos técnicas y un sistema de parámetros, así como un medidor de chakra. Recordamos que las técnicas y los parámetros son interpretativos, no deben tomarse siempre al pie de la letra. Se puede ganar un combate cumpliendo las normas y describiendo bien tanto el escenario como la situación aunque se esté en desventaja, del mismo modo que se puede perder un combate ganado al no cumplir las reglas.






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No te olvides de visitar la Guía de Ambientación que proporciona el foro, ahí está todo muy bien detallado y es una guía bastante completa. A la hora de crear tu personaje es muy importante que pienses la religión, el país, y la aldea, pues cada una es, a su modo, única. Aconsejamos una lectura lentura y pausada para poder elegir lo mejor para el personaje que desees crear.






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No te olvides de visitar la Guía para Novatos que proporciona el foro, ahí está todo muy bien detallado y es una guía bastante completa. A la hora de hacer los registros, no olvides que puedes hacer el expediente, el perfil ninja y las cronología y relaciones al mismo tiempo, sin embargo hasta que el expediente no te sea aceptado NO PODRÁS hacer los registros ni de aldea ni de PB.




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DIAMUID KAVALIER — Pergamino de hielo


Misión:
Nombre: Pergamino de hielo (Disponible solo una vez)
Rango de la misión: C.
Paga de la misión: 1200 Ryous.
NPC de Staff: No permitido.
Lugar: Yukigakure no sato.
Número de post: 80 líneas. (Calibrí,11).
Descripción: Como de costumbre en el regreso de una de tus misiones de bajo rango, ves a un misterioso ninja que va caminando por la ciudad, más apresurado de lo normal. Pero ves como le cae un pergamino de la extraña gabardina que porta. Al cogerlo este te congela la mano, ya que empieza a cristalizarse. comienzan a escribirse unos caracteres desconocidos sobre el papel. Tu deber es correr lo máximo que puedas portándolo hasta la oficina del actual Yukikage y entregárselo. Este te agradecerá la fidelidad y te pagará, pero notas que cuando sales del despacho, parecía  bastante preocupado por el pergamino.

Dentro de todo lo que cabía esperar estaba empezando a hacerse un nombre en la aldea. No era un nombre muy grande, siquiera le conocían más de cinco o séis personas, pero por algún lugar debía de comenzar. Seguían viéndole como el desconocido, el extranjero que había llegado de una tierra tan cruel y sedienta de sangre como es el País del Viento, donde el Shuha Shinto tenía cautivos a cada uno de los miembro de ese país, convirtiéndolos en meras marionetas de unos dioses en los que Diarmuid no creía. Eran crueles.

No solo las prácticas que empleaban estaban muy lejos de lo que uno podría considerar sano tanto física como mentalmente. Era obsesión, no devoción. No podía ser cierto que para los dioses los mortales fueran meros trozos de carne que debían sacrificarse para deleitarles. Él no creía en los dioses en primer lugar, pero si éstos existían, no podían ser tan horribles. Le gustaba imaginárselos como a los del Jinja Shinto. Alegres. Seres que disfrutaban de la felicidad de los demás, no de su castigo cruel y sangriento.

Mientras caminaba por la aldea, dando un paseo agradable antes de regresar a su hogar, no podía evitar fijarse en los niños que tan inocentemente daban vueltas por la aldea, jugando. Él hace no mucho era como ellos. Se recordaba jugando junto a sus amigos en las largas dunas, siendo vigilados desde no muy lejos por sus padres y familiares cercanos. Recordar a sus padres le hizo sonreír. Era una visión hermosa. Recordaba cuando jugaba con los demás niños de la tribu, y como todo cambió cuando descubrieron que era capaz de emplear el doton. Le trataban de otra forma. Más respetuoso. Incluso con miedo a hacerle daño. Quizás fuera justicia poética. Para su pueblo era un salvador, un hombre que iba a cambiar las bases, y allí solo era un extraño bárbaro.

Aunque durante su juventud él no tenía todas esas libertades. No contaba con la protección de cientos de shinobis que patrullaban la aldea y vigilaban las fronteras, ni con la seguridad de que ese día no serían atacados o caerían en una trampa o en arenas movedizas. Recordó a un joven que casi muere debido a unas arenas movedizas que estaban allí y no las habían visto. Fue un momento horrible. Todavía recordaba la cara de sus familiares, asustados y convalecientes.

Eliminó esos malos pensamientos de su cabeza, despejándose. Era muy joven para imponerse una carga tan alta. Deseaba salvarles, deseaba conducirles hasta el lugar que tanto tiempo les había prometido. Pero cuanto más lo pensaba, cuanto más lo reflexionaba, más seguro estaba de que ese idílico lugar era el País de la Nieve. El gran cielo azul estaba despejado, mostrando unas esponjosas nubes blancas que iban en dirección oeste, hacia el País del Agua. Era frío. Sentía como calaba en sus huesos y penetraba en su cuerpo dándole escalofríos.  Nunca había visto una bóveda celestial tan bonita hasta ese día, decorada con tal cuidado que parecía un lienzo. El sol estaba nublado, pero a través de las nubes su brillo se filtraba, mostrando un espectáculo pocas veces visto.

Vestía ropajes cómodos, mayormente blancos y bien abrigados para no pasar frío en esa apartada región. Las ropas le calentaban, pero no podrían hacer mucho si decidía pasarse más de una noche fuera de la aldea. Durante su travesía por la aldea tras regresar de hacer una pequeña misión sin mucho que destacar, notó algo extraño. Una apresurada persona con ropajes de shinobi caminaba rápidamente por las aldeas, portando una gruesa gabardina. Diarmuid se apartó, sin embargo el hombre se tropezó y continuó caminando, sin darse cuenta que se le había caído un pergamino. Diarmuid se acercó a recogerlo, pero para cuando iba a gritarle y decirle que se le había caído, ya no podía verlo. Se extrañó, mirando a su alrededor. Nadie le había dado la mayor importancia.

Cuando agarró con su mano el papiro notó que una extraña sensación recorría su mano. La humedad derredor de su brazo comenzó a cristalizarse, creando una formación de hielo que cubría  su mano y empezaba a extenderse. El hielo parecía real. No parecía ser obra de un genjutsu ni nada semejante. Todavía sentía su brazo, y podía moverlo con libertad. Sobre el papel comienzan a escribirse brillando de un color azul claro antes de formarse. Diarmuid se extrañó. No reconocía los caracteres, pero no debía de curiosear. Apartó la mano, y poco a poco la formación de hielo se fue desmoronando. No sabía si era letal, no conocía el significado de lo que acababa de ver, solo sabía que no era algo destinado para él. El ninjutsu o sello que llevara ese arma era interesante, nunca había visto nada capaz re recrear una trampa como esa. ¿Si continuaba leyendo, todo su cuerpo se convertiría en hielo por la curiosidad, y acabaría atrapado? Era algo que no quería averiguar por su propia cuenta y riesgo. Miró a su alrededor. Nadie parecía observarle.

Podría entregársela a un jounin, o a un ninja de élite de la aldea y esperar a que ellos lo solucionaran, pero por muy servicial que eso fuera no le aportaría nada. No era una persona que necesitara la atención de los demás, pero si lograba ganarse la amistad y/o la confianza del kage, quizás en un futuro éste pudiera interceder para salvar a su familia. Eran los más importantes para él. No le gustaba manipular a las personas, ¿pero qué otra opción le quedaba, sino intentar usar las cartas que el destino ponía en sus manos y aprovecharlas al máximo? Si por el contrario decidía dárselo a cualquier otro shinobi, él podría quedarse la gloria y su nombre jamás saldría de sus labios. A fin de cuentas era un desconocido. Solo un desconocido.

Con determinación, y un extremo cuidado, tomó el pergamino con ambas manos. Sus manos comenzaban a congelarse lentamente. Lo guardó en el interior de su mochila, y vio como de nuevo se quebraba ese extraño y tan peligroso pergamino cuyo poder y alcance todavía quedaban en entredicho. Al mirar al suelo vio a los pequeños fragmentos de hielo, que lentamente empezaban a desaparecer, derritiéndose sobre el suelo cubierto de nieve o enterrándose para no volver a ser vistos. Colocó bien su mochila, asegurándose de que no pudiera caerse, y caminó hacia la oficina del Yukikage para reportar sobre lo que había encontrado. Pues lo consideraba importante.

El shinobi comenzó a caminar con discreción, tratando de parecer un shinobi normal que regresaba de su misión. Era como un tesoro, un golpe de suerte que acababa de encontrar y que podría ser su carta del triunfo. Le alegraba ver que algo así le había ocurrido a él, entre todos los shinobis de esa aldea. Las calles cada vez estaban más transitadas mientras iba hacia el edificio del kage, y cuanto más caminaba más personas se encontraba. Reconoció a la mujer a la que había ayudado rescatando a su hijo. Ya no llevaba esas marcas de llorar en los ojos. Iba junto a su hijo, felices. No pudo evitar sonreír al saber que había hecho algo bien.

Se introdujo en el edificio sin problema, caminando tranquilamente hacia la oficina del Yukikage. No habían muchos shinobis, solo unos pocos tomando misiones y haciendo sus quehaceres. Diarmuid, armándose de valor pues apenas había visto al Kage, y nunca había hablado directamente con él, tocó la puerta de su despacho. Sacó el pergamino de su mochila y cuando se abrió la puerta se lo entregó al kage. Le informó de que se le había caído a un shinobi que corría muy rápidamente por la aldea, y que no sabía qué era, pero debía ser importante. Este agradeció al shinobi su fidelidad y le pagó por el trabajo desinteresado que había hecho. Cuando cerró la puerta, notó que parecía preocupado. Quizás el pergamino fuese más de lo que aparentaba, pero por su parte él estaba feliz. Le había visto. Sabía que él había descubierto el pergamino. Eso le daba espernazas.

OFF ROL:_ Contador de líneas: 85




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